No es una conmemoración. Es un terremoto de memoria.
Bajo el sol implacable de Buenos Aires, la historia no se escribió: rugió. La Plaza de Mayo, ese territorio sagrado que las Madres regaron con su silencio valiente frente a los fusiles, volvió a ser el epicentro de un grito que no entiende de indultos ni de olvido. A 50 años del golpe más sangriento, más de un millón de personas dijeron basta. Dijeron Nunca Más. Y sobre todo, exigieron con la garganta desgarrada: “¡Que digan dónde están!”.
No fue un acto más. Fue una respuesta contundente a quienes hoy, desde el Gobierno, intentan vestir la impunidad con el manto sucio de la “reconciliación”. Mientras el poder intenta reescribir la historia con eufemismos, las calles se llenaron de una marea humana que demuestra que la lucha por Verdad y Justicia es una herida abierta que esta sociedad no está dispuesta a cerrar sin respuestas.
Las que sembraron, hoy cosechan multitudes
En medio de esa multitud, estaban ellas. Las que nunca se arrodillaron.
Buscarita Roa, vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, llegó temprano. Con su pañuelo blanco impecable, chilena de nacimiento pero argentina por la lucha, abrazaba a cada joven que se acercaba. Su historia es la historia de este país: su hijo, su nuera y su nieta bebé fueron arrancados por la dictadura. Buscarita buscó hasta encontrar a su sangre. Hoy, madre e hija militan juntas, demostrando que la identidad se recupera, pero el dolor se transforma en potencia.
A su lado, María Santa Cruz llevaba un tesoro más preciado que cualquier joya: el pañuelo de Raquel Radío de Marizcurrena, una abuela que ya partió. “Ella me delegó esta tarea”, dijo con la voz entrecortada. Porque esto no es solo memoria, es un legado que se carga en el pecho, como un escudo.
“No van a poder arrasar nuestra lucha”
El gobierno de Javier Milei intentó imponer su relato con un video que hablaba de “reconciliación” entre verdugos y víctimas. Pero la Plaza respondió con la verdad de los sobrevivientes.
Margarita Cruz, sobreviviente de la Escuelita de Famaillá, tenía los ojos vidriosos pero la mirada fija. “Estoy conmovida por la historia de nuestro pueblo. No van a poder arrasar nuestras subjetividades ni nuestra lucha”, afirmó entre aplausos.
Y es que la convocatoria no solo habló del pasado. En el escenario estuvieron los pueblos originarios, los trabajadores despedidos de FATE, los que luchan porque el agua no sea una mercancía. Y la primera ovación atronadora no fue para un político, sino para Pablo Grillo, el fotógrafo al que un gendarme intentó silenciar abriéndole el cráneo de un gasazo. La represión tiene nombre y apellido, y la Plaza los señala.
Una multitud que no perdona
Las hijas de , la fundadora de Madres que fue arrancada de la vida por la dictadura, caminaban entre la gente con los rostros de sus seres queridos en carteles. “Tenemos sus rostros, sus historias de vida, ese país que soñaron”, decía Mabel Careaga, mientras a su alrededor la multitud coreaba una verdad incómoda para los genocidas de ayer y los negacionistas de hoy: No olvidamos. No perdonamos. No nos reconciliamos con el terrorismo de Estado.
Eduardo Tavani, de la APDH, lo resumió con una precisión quirúrgica: “Las calles repletas son una respuesta contundente a este Gobierno nacional que reivindica el terrorismo de Estado. La memoria es, para nosotros, un valor supremo”.
Este 24 de marzo, la sangre no llegó al río. Llegó a la Plaza.
Cincuenta años después, las ausencias siguen doliendo. Pero quienes soñaron con enterrar la verdad bajo el silencio, hoy se encontraron con una realidad incontrastable: hay una generación que no estuvo, pero que aprendió la lección. Hay madres que ya no están, pero sus pañuelos siguen volando en la cabeza de millones.
Porque la Memoria, la Verdad y la Justicia no son consignas del pasado. Son la única herramienta que tenemos para defender el futuro.